En el Viejo Bosque

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Yo soy Archimillonario, yo soy próspero y rico.
El dinero fluye a mi vida de manera libre, abundante,
copiosa y sin ningún esfuerzo.
El dinero crece en mis manos como crecen los árboles en el bosque.
Todo lo que yo gasto regresa a mi multiplicado,
por que yo soy la fuente de toda riqueza.
Yo soy archimillonario, yo soy próspero y rico, por la gracia de Dios.

 

 

En el viejo Bosque

Autor:  María del Carmen Camarillo García

 

En el viejo bosque, que se llega a plasmar en los más dulces sueños,  se encuentra la tranquilidad del alma, y en el se pierde el tiempo como se pierde la vos en el viento.

 

En el se desearía que también volaran nuestras más difíciles penas y amarguras, porque no se desea más que la dulzura que en el se pueda tener.

 

En el se encuentran los pies descalzos, porque se quiere sentir la frescura de la verde pradera, que produce los más tiernas sensaciones.

 

Desea uno perderse en él, caminar por esas llanuras  inclinadas y verdes que se besan con el más hermoso cielo de la durmiente tarde, y ella solo desea descansar con la luz del sol que se esconde para tomar de frazada a las nubes resplandecientes.

 

Es el momento que nunca se desearía perder, porque en el se respira la brisa que toca sutilmente tanto nuestra piel como nuestro ser, y es como si en ella se escuchara decir: “arrójate por unos momentos en tu más calido sueño que en cada momento que vivas en el, te enseñará a poder vivir en tu realidad”.

 

Se puede aun escuchar en el sonido del silencio, las antiguas voces con gran sabiduría y escuchando el sonido que la brisa puede provocar, se oye la antigua ninfa, que aun desea encantar.

 

Y en su murmullo  que vuela en el viento  quiere que te pierdas en el, para que la puedas escucharla decir:

 

Deseo tocar con el roció de la mañana, el corazón triste de un hombre para enseñarlo amar.

 

Deseo enseñarle a volar y llevarlo hasta la montaña, para que la pueda admirar y así pillar a una pareja de águilas que en su nido reposan ya, para que cada vez que en su corazón se encuentre lleno de soberbia, recuerde que no es el más alto ni grande que la montaña, ni más grande que todo lo que vea a su alrededor, porque podría en su triste pensamiento decir, que ha hecho cosas más grandes que todos los demás, pero él ni con todo el poder y oro del mundo podría conseguir la paz de las aves en su nidal.

 

Deseo enseñarle al hombre que el pertenece como uno más de está creación y que como el, también mi hermana la naturaleza sufre.

 

Deseo enseñarle la vos de la imponente y gobernante montaña, que ruge sin cesar, y que se le escucha decir: - ¡qué pena pobre hombre que mueras por ti mismo y le heredes la condena en veneno a tu propia descendencia; tú, pobre hombre infiel, que te traicionas a ti mismo y por avaricia te revuelcas en tu propio lodo, te manchas a ti mismo, te ensucias y calumnias, no importándote ni tu bienestar ni el de los demás!-  y así se va apagando su rugido, con gran melancolía…

 

 

 

Sobre la Espiritualidad de los indios americanos

 

El culto al "Gran Misterio" era silencioso, solitario, libre de cualquier búsqueda egoísta. Era silencioso porque toda palabra necesariamente es débil e imperfecta; por lo tanto, las almas de mis ancestros ascendían hacia Dios en una adoración sin palabras. Era solitario porque creían que él está más cerca de nosotros en la soledad, y no había sacerdotes autorizados para intervenir entre un hombre y su Creador. Nadie podía exhortar, confesar o entrometerse de manera alguna en la experiencia religiosa de otro. Entre nosotros, todos los hombres fueron creados como hijos de Dios y se paraban erguidos, conscientes de su divinidad. Nuestra fe no podía ser concebida en credos ni forzada en quien no estuviera dispuesto a recibirla. En consecuencia, no había prédica, proselitismo ni persecución, y tampoco había mofadores ni ateos.

 

No había templos ni santuarios entre nosotros, excepto los de la naturaleza. ¡El Indio consideraría sacrilegio construir una casa para Él, con quien podía encontrarse cara a cara en los pasillos misteriosos y sombríos del bosque primitivo, o en el soleado regazo de las praderas virginales, sobre las vertiginosas cúspides de roca desnuda, y allá a lo lejos, en la enjoyada bóveda del cielo nocturno! Él, que se viste a Sí mismo con delgados velos de nubes ahí en la orilla del mundo visible donde nuestro Bisabuelo Sol enciende su fogata vespertina; Él, que navega sobre el viento inclemente del norte, o infunde Su espíritu suavemente sobre los aromáticos aires del sur, cuya canoa de guerra es lanzada sobre ríos majestuosos y mares tierra adentro —¡Él no necesita una catedral inferior!

 

Desde su punto de vista, el Sol y la Tierra fueron los padres de toda la vida orgánica. Del Sol, como padre universal, procede el principio dador de vida en la naturaleza, y en el paciente y fructífero vientre de nuestra madre, la Tierra, se esconden los embriones de plantas y hombres.

 

Los elementos y las fuerzas majestuosas de la naturaleza —el Relámpago, el Viento, el Agua, el Fuego y la Helada— eran vistos con asombro como poderes espirituales, pero siempre secundarios y de carácter intermedio. Creíamos que el espíritu penetra toda la creación y que cada criatura posee un alma en algún grado, aunque no necesariamente un alma consciente de sí misma. El árbol, la cascada, el oso gris, cada uno es una Fuerza personificada y como tal era objeto de reverencia.

 

Al Indio le encantaba simpatizar y experimentar una comunión espiritual con sus hermanos del reino animal, cuyas mudas almas tenían según él algo de la pureza impecable que le atribuimos al niño inocente e irresponsable. Tenía fe en los instintos de los animales, como en una sabiduría misteriosa dada desde lo alto. Y aunque aceptaba humildemente el sacrificio supuestamente voluntario de sus cuerpos para preservar el propio, rendía homenaje a sus espíritus mediante rezos y ofrendas prescritas.

 

Cuando en el curso de la cacería diaria el cazador rojo se topa con una escena impresionantemente hermosa y sublime —una nube negra de tormenta con la cúpula luminosa del arcoíris sobre una montaña, una cascada blanca en el corazón de una cañada verde, una vasta pradera teñida con el rojo sangre del atardecer— se detiene por un instante en actitud de adoración. No ve necesidad alguna de apartar un día entre siete como día sagrado, pues para él todos los días son de Dios.

 

Cada acto de su vida es, en un sentido muy real, un acto religioso. Reconoce el espíritu en toda la creación y cree que extrae poder espiritual de él. Su respeto por la parte inmortal del animal, su hermano, a menudo lo lleva a colocar el cuerpo de su presa ceremoniosamente en la tierra y decorar la cabeza con pintura simbólica o plumas. Entonces se pone de pie en actitud de oración, sosteniendo en alto la pipa llena, como muestra de haber liberado con honor el espíritu de su hermano, cuyo cuerpo su necesidad lo llevó a tomar para sustentar su propia vida.

 

No. No nos sentamos a la mesa para dar gracias por nuestros alimentos con la vista agachada o dirigida al cielo. Por qué? porque tenemos a la pareja, a los hijos, a los padres o los hermanos a quienes miramos de frente para agradecer la elaboración, recolección o esfuerzo, que les haya permitido poner el bocado en nuestros dientes, a aquellos animales que ofrendaron su energía, y a la tierra que con sus frutos nos acoge, siempre ha sido así, dar gracias de frente, a quién de frente nos da lo necesario para vivir.

 

La actitud del natural de estas tierras hacia la muerte, es enteramente compatible con su carácter y filosofía.

 

La muerte no guarda terror para él; la encara con sencillez y perfecta calma, buscando sólo un fin honorable como su último regalo para su familia y sus descendientes.

 

Por ende corteja a la muerte en la batalla o en la cacería.

 

Los de esta tierra creen que uno nace más de una vez, y hay algunos que afirman tener pleno conocimiento de una encarnación pasada, y es natural pues cuando uno muere se convierte en parte del todo.

 

Si uno está muriendo, conforme se acerca el fin, es costumbre llevar su cama, el petate o donde descanse al exterior, para que su energía pueda marcharse bajo el cielo abierto, y guiado por las estrellas o el sol, busque el lugar donde su energía formara  parte del entorno.

 

No hay infierno ni cielo, solo otro espacio para con la vida.

 

 

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